
Anoche vimos el último capítulo de
Twin Peaks, una serie que me ha tenido completamente enganchado estos últimos meses. He de admitir que aún no me he recuperado de la sensación que se me quedó, una mezcla de angustia, tristeza y miedo que no esperaba encontrarme, y que me hizo pensar en los roles que admitimos y adoptamos siempre que vemos una película. Normalmente, cuando vamos a ver una obra cinematográfica, sabemos a qué vamos a jugar, a veces sabemos que no sabemos nada (que ya es bastante). A pesar de todo, es común que los giros de un guión cinematográfico nos sorprendan, pero en las 2 horas que dura, suele ser difícil llegar a involucrarse totalmente con los personajes, y aún cuando llegas a hacerlo, normalmente se impone una especie de instinto paternal, por parte del director, de manera que bajo el sufrimiento o la muerte del personaje, siempre exista una educación que justifica las elecciones del guión. Recuerdo cuando ví por primera vez una película de Haneke. No sabía qué iba a encontrarme, y me imaginaba una trama con un nivel emocional muy elevado, pero lo que no esperaba encontrarme era la cara más oscura de la naturaleza humana mostrada sin tapujos, con una crudeza infinita. Pues bien, el final de Twin Peaks, me ha dejado con una sensación parecida o incluso peor (salvando las distancias de estilo, no quiero escandalizar con mis comparaciones). Durante 30 capítulos, Dale Cooper se había convertido para mí en un héroe moderno, frío pero afectivo, elegante, sensitivo, totalmente por encima de la situación. Su presencia equilibraba la balanza y a pesar de la densa oscuridad que se iba cerniendo, me sentía protegido, disfrutaba de cada destello de luz y de cada nuevo drama. De hecho, por lo que podido leer por aquí, Coopy llegó a dominar la serie
por encima incluso de los deseos de sus creadores,
Mark Frost y
David Lynch, que decidieron retomar las riendas justo al final, dejando a los espectadores de nuevo sumidos en las sombras, más incluso que al principio. Para ello, Lynch tuvo que rehacer el guión del último episodio. El impacto que me produjo ver cómo se alcanzaba el clímax no se me olvidará jamás, es inevitable que se generen espectativas, pero Cooper tenía que pagar por contradecir a su propio creador. Algunos se atreven a decir que pagó el precio por amar, por ser débil. Otros que fue decisión propia, para salvar a su amor. Yo digo que es mucho más que eso, mucho más siniestro. El mismo Lynch ejerce su poder sobre la serie para dar la vuelta a los acontecimientos y de alguna manera se convierte en el protagonista en la sombra, dejándonos con la angustiosa sensación de que no podemos hacer nada, que todo escapa a nuestro control, que la oscuridad, efectivamente, lo puede todo.