Los Libros
No sé por qué, lo normal es que me tire meses sin abrir un libro. Me encanta leer, y siempre, sobre todo de pequeño, he leido mucho. Aún guardo como oro en paño mi primer libro, fuera las ediciones azul o naranja de Barco de Vapor. Era una voluminosa recopilación de cuentos de Poe, de terror y policíacos, que mi madre me compró en Simago, y que leí y releí durante años. Sin embargo, quizá desde que estoy en Madrid, paso largas temporadas en que no puedo ni pensar en abrir un libro. Quizá sea por que siento que tengo demasiado en qué pensar, porque tengo mi cabeza trabajando contínuamente en procesos secundarios y no podría concentrarme en las palabras desfilando delante de mis ojos; quizá sea porque generalmente estoy algo agotado psicológicamente (debería volver a tomar jalea real...) o porque tengo toda la ficción que necesito escondida tras cada vistazo que echo al barrio, desde el amplio ventanal de mi ático. En mi estante tengo varios libros a medias. La Montaña Mágica, de Thomas Mann, que me añora desde hace más de tres años; Los Hermosos Vencidos, de Leonard Cohen; Las Olas, de Virgina Wolf; y hasta hace una semana, Trópico de Capricornio, de Henry Miller. Todos ellos maravillosos, pese a su lectura inconclusa. De alguna manera, suelo recordarlos más frecuentemente que la mayoría de los libros que he leido en su totalidad. Sé que algún día los cogeré, y volveré a empezarlos, esta vez hasta el final, y entonces sabré que he concluido otro ciclo de mi vida. Quizá cada uno de ellos signifique algo que no he superado aún. Henry Miller ya cerró un ciclo el año pasado; pese a eso, nunca puedo acabarme un libro suyo del tirón. Quizá sea por su estructura herrática o por sus metáforas inacabables, que siempre acabo perdido en su universo sin saber a dónde voy. Por eso, suelo dejarlos a la mitad, reposando, durante unos meses, hasta que de repente un día, noto que quiero volver a él, y generalmente suelo disfrutar más de esa segunda parte, que parece añejarse como el vino en esa especie de barrica de historias que son los libros. Su disfrute debe ser racionado, un poco como pasa con Rufus Wainwright (salvando las distancias), con esa voz insistente que acaba por machacarte los oídos con esa charlatanería altanera, vivaracha; o el caviar.

