miércoles, junio 28, 2006

Los Libros

No sé por qué, lo normal es que me tire meses sin abrir un libro. Me encanta leer, y siempre, sobre todo de pequeño, he leido mucho. Aún guardo como oro en paño mi primer libro, fuera las ediciones azul o naranja de Barco de Vapor. Era una voluminosa recopilación de cuentos de Poe, de terror y policíacos, que mi madre me compró en Simago, y que leí y releí durante años. Sin embargo, quizá desde que estoy en Madrid, paso largas temporadas en que no puedo ni pensar en abrir un libro. Quizá sea por que siento que tengo demasiado en qué pensar, porque tengo mi cabeza trabajando contínuamente en procesos secundarios y no podría concentrarme en las palabras desfilando delante de mis ojos; quizá sea porque generalmente estoy algo agotado psicológicamente (debería volver a tomar jalea real...) o porque tengo toda la ficción que necesito escondida tras cada vistazo que echo al barrio, desde el amplio ventanal de mi ático. En mi estante tengo varios libros a medias. La Montaña Mágica, de Thomas Mann, que me añora desde hace más de tres años; Los Hermosos Vencidos, de Leonard Cohen; Las Olas, de Virgina Wolf; y hasta hace una semana, Trópico de Capricornio, de Henry Miller. Todos ellos maravillosos, pese a su lectura inconclusa. De alguna manera, suelo recordarlos más frecuentemente que la mayoría de los libros que he leido en su totalidad. Sé que algún día los cogeré, y volveré a empezarlos, esta vez hasta el final, y entonces sabré que he concluido otro ciclo de mi vida. Quizá cada uno de ellos signifique algo que no he superado aún. Henry Miller ya cerró un ciclo el año pasado; pese a eso, nunca puedo acabarme un libro suyo del tirón. Quizá sea por su estructura herrática o por sus metáforas inacabables, que siempre acabo perdido en su universo sin saber a dónde voy. Por eso, suelo dejarlos a la mitad, reposando, durante unos meses, hasta que de repente un día, noto que quiero volver a él, y generalmente suelo disfrutar más de esa segunda parte, que parece añejarse como el vino en esa especie de barrica de historias que son los libros. Su disfrute debe ser racionado, un poco como pasa con Rufus Wainwright (salvando las distancias), con esa voz insistente que acaba por machacarte los oídos con esa charlatanería altanera, vivaracha; o el caviar.

sábado, junio 24, 2006

Cosas Sencillas y Simple Ambiguedad

Esta noche doy mi primer concierto con Havalina Blu, tocando el bajo. Me encanta tener esta posibilidad de tocar con otro grupo, y tocar solo un instrumento, sin preocuparme de tener que cantar. Para mí, que suelo tener que afrontar mayores responsabilidades en el escenario, esto es como una vacaciones, sin dejar de hacer lo que me gusta. Es un lujo que algunos no entienden: mucha gente no sabe disfrutar de las cosas "más sencillas". El bajo es un instrumento maravilloso, tiene algo tremendamente carnal. Quizá es el contacto entre los dedos y esas cuerdas gruesas que vibran al acariciarlas, al darles duro... Su vibración se siente a través de su cuerpo de madera de abeto, es reconfortante y placentera. Hace poco leí que las guitarras (y las "bass guitars") tienen carácter ambiguo. Por un lado, la interpretación musical tiene mucho de acto sexual, hay que saber cómo y dónde tocar, cuándo fuerte, cuándo suave. La clásica forma de ocho instaurada en la guitarra española recuerda al cuerpo de la mujer. Por otro lado, el instrumento se suele presentar como una prolongación de uno mismo, como una muestra de virilidad, una suerte de falo de palorosa, caoba y metal. Es una demostración de masculinidad (¡mira lo que hago con este fake de mujer!") con algo que es mitad mujer, mitad falo. En realidad todo esto es muy filosófico, performance de escenario, puro rock'n'roll.

Fuera ya de teorías, de lo que se trata aquí es de trabajar duro, expesarse y disfrutar. Lo que realmente me encanta es ese proceso en cual tú empiezas tímidamente, tocando las notas con vergüenza, y poco a poco vas cogiendo confianza hasta que un día, de pronto te das cuenta de que tienes al instrumento cogido por los cuernos y la canción "camina", tú la llevas hasta el apoteosis final y la gente se enardece dando palmas y gritando de satisfacción. La vida de un músico ha de estar llena de retos para que realmente sea un viaje hacia algo, y la variedad además es muy beneficiosa. Curiosamente desde que "simplemente" toco el bajo en otro grupo, veo mucho más claro cómo he de afrontar mi proyecto personal, mi banda, que por cierto, estaremos tocando en las fiestas del Orgullo, el jueves 29 en la plaza Vazquez de Mella entre las 8 y las 10 junto a otros dos grupos.


Fotografía por Jean-Baptiste Mondino para la portada de su libro "Guitar Eros".

sábado, junio 10, 2006

Limpio Mi Casita (Tra Lará Larita)

Mi amor por la limpieza del hogar en las frescas mañanas de primavera nació hace ya ocho años, durante una de las etapas más complicadas de la vida: la adolescencia. A los 16 años, cuando uno se convierte en un alcohólico en potencia, un borrachín al uso, comencé a quedarme solo en casa de mis padres los fines de semana. Las reuniones en aquel piso de la céntrica plaza torrijeña se convirtieron en un evento remarcable del que salieron mil y una anécdotas y personajes hoy perdidos en el inconmensurable océano de la memoria. Recuerdo que compré mi primera botella de ron (blanco, no descubriría los placeres del ron añejo hasta años después) en la primera de aquellas noches interminables. Comenzaban a eso de las 10, con todo el mundo sentado alrededor de la mesilla del salón en cómodos sofás, con B fumando en pipa, J tratando de aproximarse a M, V fanfarroneando como siempre... y a las 2 horas el abecedario completo se encontraba bailoteando hasta encima de las sillas. A veces R aparecía con ropa del armario de mis padres y entonces es cuando me daba cuenta que al día siguiente me esperaba una revisión a fondo para asegurarme que todo estaba en su sitio. Cuando la cosa parecía que se iba a salir de madre, salíamos a la calle en tropel, montando bulla. En 10 minutos nos habíamos plantado en la zona de bares donde, a aquellas horas, sólo quedaba la crême de la crême del frikismo noctámbulo. Personajes como H, ese "jevi" que llevaba un perfecto de cuero blanco que por supuesto un día acabó haciendo una parodia de sí mismo en mi sofá con una guitarra española a la que le faltaban cuerdas; o F, el hijo del dueño del bar Ruben's, uno de esos personajes condenados por la crueldad adolescente por tener orejas de soplillo), demasiado acostumbrado a estar rodeado de borrachos en su negocio familiar. Tras beber varios chupitos de tequila (blanco también) con sal y limón seguíamos haciendo la ruta, a veces hasta hacíamos dedo para llegar a zonas alejadas como la discoteca Cus Cus, un paraíso con riachuelos artificiales, fuentes, con una pista de baile enorme, cantidad de fresco césped, un mal gusto tremendo para la música y lo más espectacular, un puesto de bocadillos y perritos con olor permanente a chorizo frito, toda una alucinación a las 6 de la mañana. Unos chicos "alternativos" como nosotros no es que encajáramos muy bien en aquel ambiente, pero habíamos aprendido a pasarlo genial en cualquier sitio, solo necesitábamos bebida y gente. Nos reíamos de todo con superioridad, lo típico de aquellas edades. El espectáculo del amanecer llegaba pronto y el cuerpo comenzaba a percatarse de las horas. Regresábamos a mi casa y nada más entrar notaba el tremendo olor a tabaco, los restos de la fiesta comenzaban a pesar en mi espalda y las ganas de seguir con aquello se esfumaban. Entonces llegaban los momentos más duros. Algunos aún tenían cuerda para rato. Con suerte aún quedaría algo en la botella o quizá habrían robado otra botella de cualquier lado. Yo me esforzaba por mantenerme despierto para controlar a los que estaban demasiado borrachos como para dejarlos solos. Cuando por fín acababa todo y me quedaba solo en casa, recuerdo dormir mal y tener pesadillas. Me despertaba triste y perdido, y con una tarea titánica ante mí: limpiarlo todo y no dejar ni rastro. Para animarme, ponía música, y me encantaba cómo sonaba mi cinta de Stone Roses en el equipo del salón. Cogía la aspiradora y no dejaba ni rastro, pasaba la mopa por todos los muebles, barría y fregaba, lavava los vasos, ordenaba, ventilaba toda la casa. Entraba ese aire fresco de las mañanas de primavera que aún hoy purifica mi ser. Según iba avanzando en mi tarea, comenzaba a sentirme mejor. Fue ahí cuando comprendí que limpiar la casa es algo más, es un ejercicio que reestablece el equilibrio Zen. Es una medicina tremenda contra la desidia, la tristeza y hasta el desamor. El secreto consiste en elegir el momento adecuado... y que corra el aire. Aún me río cuando recuerdo que la primera vez que me quedé solo, al volver mis padres mi madre me dijo "¿Así que trajiste a tus amigos ayer, eh?". Yo me quedé de piedra, congelado de terror, y le pregunté que cómo lo había sabido. Ella me respondió "Porque los vasos no están ordenados por tamaño en el estante". Yo respiré aliviado y sonreí. Nunca más volví a descuidar ese "pequeño" detalle.

martes, junio 06, 2006

The Things They Said

El título de este post está basado en la canción de Depeche Mode "The Things You Said". Este fin de semana he estado en Valencia, y hablando con unos amigos de allí, salió a la conversación el movimiento de música electrónica que hubo a principios de los 90, y con ello, la mítica "ruta del bacalao". Hace tiempo que vengo conociendo y escuchando grupos de la época, como Nitzer Ebb, Front 242, y añadiendo a los que ya conocía de mis innumerables cañas en el Stone Bar en el año 96. El caso es que estos días he tomado consciencia de lo diferente que es la imagen que tenía de ese movimiento por lo que veía en la televisión cuando era pequeño, y lo que en realidad era. Yo veía imágenes de jóvenes drogados, perdiendo la cabeza bajo un sol de justicia, bajo una noche interminable, escuchando "chunda-chunda" de la más baja calaña, y perdiendo la vida en la carretera. Si bien, eso es una pequeña parte de lo que fue, la cara más trágica, ahí hubo mucho más. Fué un momento de confluencia, en que la música electrónica y el rock se unieron en un pacto de sangre, con resultados irrepetibles. Aquellos días el techno sí que era divertido, tenía fuerza, iba al grano, y sobre todo tenía una actitud revolucionaria; Actitud, que ya es mucho para lo que se ve hoy en la música electrónica. La electrónica pasó de religión en secta manipuladora, pero eso es otra historia. El caso es que, de repente, ver que lo que ocurrió aquellos años estaba más cercano a mí de lo que imaginaba, sentí como si lo hubiese integrado en mi ser, y sentí esa nostalgia que se sienten por cosas que uno no ha vivido, nostalgia que alimenta el alma y hace que las cosas tomen cierto sentido que parecían haber perdido. Escuchando las historias de lo vivido, uno se da cuenta que la espontaneidad es un valor en alza en estos días, y si no que se lo pregunten a Pete Doherty. Sin pretender ensalzar el valor de la autodestrucción, he de admitir que desde que leí un amplio reportaje sobre este personaje, le admiro por ser él mismo y por haber elegido ese camino, hoy difícil no por lo que conlleva a nivel personal, si no por lo devaluadas que están ciertas actitudes en nuestra sociedad clasificadora y arrebatadora de toda esencia.Está claro que mucha gente no salió de la ruta del bacalao, que muchos murieron en las carreteras y que otros quedaron muy afectados por el abuso de las drogas. Sin embargo, la mayoría vivieron algo que dió sentido a sus vidas en ese momento, y que por consecuencia le dió sentido al resto de lo que vivirán, en la difícil hazaña de superar esos meses. Parece que ahora luchamos sin causa, nos enfrentamos a cruzadas imaginarias y sufrimos el vacío de la existencia por culpa del extremo control, precaución, predicción que controla nuestras vidas, en vez de lanzarnos hacia el muro de la existencia como alguno de aquellos vividores que se convirtieron con el tiempo en héroes cotidianos.

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