jueves, agosto 31, 2006

Esta es la calle Infantas, donde está mi trabajo. Esta mañana cuando iba a trabajar, tiré algunas fotos del camino, para ver si en las imágenes encontraba algo que hubiera dejado de percibir de tanto recorrerlas arriba y abajo en la rutina semanal. A pesar de que cada día trato de ir y venir del trabajo por caminos distintos, ir de A a B acaba por no tener demasiadas opciones, sobre todo después de dos años experimentando con los caminos posibles. Personalmente no me puedo quejar de mis recorridos, que además, hago a pie. Supongo que iré dejando caer alguna foto más por aquí.
Levantarse temprano es algo maravilloso... cuando puedes dedicar la mañana a lo que te plazca. Me encanta cuando te levantas un sábado a las 9 para hacer recados y no hay nadie en la calle, y hace fresco y algunos vuelven a casa con toda la noche a cuestas. Es extraño, como si a esas horas todo fuera más puro, más intenso. Sin embargo, nunca me gustó que la noche se convirtiera en el día cuando salía a quemar Madrid. Sentía que había perdido la oportunidad de despertarme a esas horas, y que ya, irremediablemente, el día que empezaba, estaba condicionado por una sensación de hastío y des-sincronización con el mundo, con la misma naturaleza humana.

miércoles, agosto 23, 2006


    

     Encuentra tu ritmo, encuéntralo y aférrate a él. Suelo repetirme esto mientras voy a algún sitio, y trato de sentir cada paso como mío, no como un impulso a seguir el ritmo de los demás. Las muchedumbres son como torrentes en las inmensas cañerías del metro de Madrid, y en las calles todo el mundo parece ir decididamente a alguna parte, aunque en el fondo, no saben a dónde ni para qué. Prefiero no moverme, sentir que el estrés de los demás me adelanta, me ignora. ¿A dónde hay que ir con tanta prisa? Nada merece tanto la pena como el aquí y ahora. Si no te andas con cuidado, puedes acabar absorbido por el insolente ritmo de la masa, y en ese momento tu corazón se acelera y te falta el aliento. Últimamente doy demasiadas vueltas a ciertas cosas. Trato de ser muy cerebral con cada paso que doy, y mientras pienso concienzudamente al caminar, caigo en el torrente. Por eso suelo recordarme a mí mismo que cada uno debe tener su propio ritmo, y este ejercicio, me está llevando a algo, a reencontrar mi voz, y a descubrir cosas nuevas de mí mismo. Lo que empieza como un vago movimiento del talón, acaba por convertirse en un extraño baile ritual, una danza del fuego, un éxtasis místico diferente a cualquiera. Y en este canto a los cielos, mi voz vuelve a resonar entre las cavidades insondables como un quejido interminable, o un aullido, y de nuevo, vuelvo a componer.

jueves, agosto 17, 2006


Esta mañana me he despertado, sentía frío. Cuando me he levantado por fín de la cama y he apartado las cortinas, he visto el cielo completamente encapotado, y una agradable sensación me ha envuelto al instante. De camino al trabajo, decidí escuchar Chelsea Girl, de Nico. Su voz manaba desde el pasado, desde su pasado y desde el mío, y recordé aquellas tardes en la adolescencia en que, encerrado en mi cuarto, no había nada más intereante que hacer que dejarse llevar por la sugerente poesía urbana de The Velvet Underground o la sensual elegancia de Brigitte Bardot. A veces, soñábamos comunalmente. Varios amigos paseando por el campo, compartiendo los auriculares bajo un día como este. Recuerdo aquellas tardes en una nave abandonada, con nuestros instrumentos, versioneando Femme Fatale, porque así fue como conocí a la Velvet. Unos amigos, hoy conocidos como PAL, estaban preparando una fiesta de navidad donde todos tocaríamos versiones y beberíamos vino y lo pasaríamos genial, y me dijeron que yo cantara con ellos esa canción. Me dejaron el disco, y hoy puedo decir que escucharlo esa primera vez, aquel sábado a medio día de una semana cualquiera de 1997 o 98, acabó siendo uno de los momentos más importantes de mi vida. Así, sin esperarlo. En realidad así suelen ser casi siempre los momentos más importantes, ¿no? Aún hoy lo disfruto como al principio, hasta el punto en que podría decir que me casaría con lo que significan para mí Monday Morning, Femme Fatale o Venus in Furs, por decir algunas. Esas canciones me hacían pensar, sobre todo cuando lo que me rodeaba parecía carecer de cualquier sentido, que tras el vacío de las noches de embriaguez, de las botellas rotas, las añoranzas y los desamores, llegaría el amanecer y todos volveríamos a abrazarnos de nuevo, alegres por haber vivido juntos, pero en soledad, otra emocionante noche más de nuestra dorada adolescencia.

miércoles, agosto 09, 2006

Estos días las mañanas son frescas y parece que el otoño asoma a lo lejos, nos mira y guiña un ojo cómplice. A mí los veranos se me hacen duros, el tiempo se condensa (o se expande, según se mire) y pasa más lento. Nuestro mundo occidental parece detenerse el pos del descanso mientras el terror sigue asolando vidas más al otro lado del Mediterráneo. El verano siempre es como una prueba, una especie de bache necesario para el que hay que ir frenando suavemente desde semanas antes, o puedes tropezar. Siempre me siento más débil en esta época. Yo soy de frío, de lluvia, de resguardarse en un café cuando afuera caen rayos y sonreir a los que como yo se divierten con la situación. Me gustan los jerseis y los chubasqueros y llevar botas de piel para no calarme los calcetines, y llevar los cascos bien pegados a la oreja y escuchar a Doves esquivado charcos y escuchar a Nick Cave pateando charcos. Pero el verano aún está aquí y aún puedo disfrutar de las terrazas en estas noches ya algo más otoñales, de la piel al aire, del aire libre y los chapuzones en la piscina y de leer y comer en la hierba. El verano es una época de contradicciones. La libertad florece, pero no nos han educado para ser libertinos; es tiempo de descanso, pero hay que trabajárselo mucho para poder relajarse; es la época del "buen tiempo", y poca gente le agrada este calor... Lo mejor, como en tantas otras cosas, es andar el camino de una estación a otra, sentir que el tiempo comienza a cambiar. Eso me hace vibrar, me hace sentir euforia al pensar que las cosas avanzan, ante la ilusión, de que al menos en apariencia, las cosas cambian, a mejor.

lunes, agosto 07, 2006

No Matarás

Es esta otra película del director de la trilogía de Colores, Kieslowski, director que parece conocer los secretos de la existencia misma, de la moral y los sentimientos humanos. Parte de El Decálogo, es esta una parábola sencilla a la vez que inabarcable. La historia terrible de un asesinato, contada sin piedad, y el ajusticiamiento del asesino. Una historia de esas sin buenos ni malos, donde todos son víctimas, en una cadena que nunca se acaba.

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