Esta mañana cuando venía en el metro me acordé de lo que leí en el blog de un viejo amigo con el que últimamente he retomado el contacto. En su blog, ya abandonado, hablaba de porqué tras una temporada viviendo y estudiando en Madrid, tiempo en el que hasta fuimos compañeros de piso, decidió volver a la tranquilidad de su (nuestro) pueblo. Hablaba de la sensación que tuvo la primera vez que montó en el metro para ir a la universidad, y la diferencia con cómo se sentía al final, justo antes de irse. Supongo que a muchos ya os sonará esta historia, de llegar a una nueva ciudad y sentirse como un niño. Verlo todo con una mirada inocente, llena de ilusión, y sentirse aparte de los tonos grises de las caras de la gente en la mañana. Con el tiempo, Madrid tiene algo de malvado; trata de atraparte en su rutina, en sus ritmos, y no es la primera vez que hablo de esto. A veces lo consigue, y otras veces nos damos cuenta. A mi amigo llegó a atraparlo por completo. Yo suelo pensar que los días que no puedo con Madrid son los que estoy cansado, pero eso es causa de las muchas cosas que trato de hacer cada semana, así que no me preocupa. Y es que hay que probarse a uno mismo cada día, probar cómo funciona nuestra cabeza, si pensamos con claridad; y nuestro corazón, si se emociona como siempre. Esta mañana venía escuchando Curtis Mayfield, moviendo la cabeza arriba y abajo, y caminando al ritmo de la música con paso marcado y algo chulesco. Sentirme así de bien un día cualquiera, en una semana particularmente gris para como suelo estar, me hace saber que estoy bien, que todo está en su sitio. Madrid tiene cosas muy malas como cualquier otra ciudad, y otras particularmente malas para ser una ciudad europea. Pero lo bueno también está ahí, y en una ciudad como esta, yo siento que todo es posible, todo está al alcance de la mano. Mucha gente viene aquí con esa premisa y acaban desilusionados, abatidos. Las historias están ahí, y todo lo que puedas imaginar existe. Las pasiones son reales, los dramas, las ilusiones... y todo es tan complicado que uno se siente arrastrado por un torrente cada semana. A mí me gustan los extremos, aunque no lo parezca por mi carácter tranquilo. Mis opciones de vida están entre esto, el torrente y la soledad parsimoniosa de un lugar perdido del mundo. Madrid ya es para mí mi casa. He vivido aquí tantas cosas, tan buenos momentos... pero lo bueno es que por mucho que me quede, siempre me siento como empezando.